Friday, December 31, 2004

El Universo - Parte 2

El Universo ha sido formado por la condensación de la materia diseminada en el espacio. El Universo es la morada de todas las familias humanas. Los globos que pueblan esos espacios inconmensurables, están distribuidos por gerarquías.

El espíritu homano está llamado a recorrer, durante su eterna vida esas grandiosas etapas del infinito. A ello le arrastra la invencible fuerza del progreso espiritual. La tierra, por desgracia, como mundo de expiación y de pruebas, está colocada en grado inferior; las pasiones sobrepujan a la humana razón y de aquí que el progreso moral sea lento y penoso en su marcha. Esto, empero, no evita que pueda una día el hombre mejorar su condición y alcanzar el ideal que persigue.

Como la tierra hay muchas moradas destinadas a la expiación, que es ley interminable. Hay, por el contrario, mundos felices, en donde solamente se tiende al bien común, estando postergado el egoísmo, por el hecho de que para ello están constituidos, siendo ley soberana la razón, que somete a su imperio el poder de los instintos groseros de la materia, manantial fecundo de las pasiones, que retardan la marcha del progreso en los mundos inferiores.

Cada unos de esos puntos luminosos que contemplamos atónitos en esa azulada esfera, como fijos por la manos del Eterno en la bóveda estrellada, pero que miden en su tránsito, al través de los abismos del espacio velocidades incomparables, son otros tantos mundos habitados por humanidades, que, como nosotros acá, en este pequeño globo, recorren sin cesar la ruta que les está trazada desde el origen de su existencia en el cosmos.

En ellos como en la Tierra, según las mas racionanles hipótesis, existen animales, vegetales y minerales, con tal abundancia, variedad y belleza, tal como les es permitido, según las leyes que presiden las funciones de la vida orgánica en cada uno de los mundos.

Finalmente, hay puntos interesantes que observar en la materia de que se acaba de hacer mención:

Los cuerpos se atraen en razón directa de sus masas, y en razón inversa del cuadrado de las distancias. La atracción es una fuerza universal. Los cuerpos nada pesan fuera de la esfera de atracción de los mundos. Si a un espacio interplanetario, donde por consiguiente, no puede haber atracción, se lanzase una masa colosal cualquiera, por efecto de un cataclismo sideral, esta masa quedaría en suspenso, y sin movimiento, aun mas que la burbuja de jabón en el aire.

El sonido no existe donde no hay atmósfera, supuesto que el movimiento vibratorio del aire es quien lo produce.

Los colores no son condición de los objetos; son modificaciones de la luz sobre la superficie de los cuerpos. Precisamente el color que presentan es el que menos tienen.

Los puntos cardinales desaparecen fuera de la esfera terrestre. No hay alto ni bajo, ni izquierda ni derecha en los espacios.

Las constelaciones no son mas que una apariencia, una perspectiva, y desaparecen si nos separamos un tanto de la Tierra, o sease del paralaje de observación en que nos hallamos.

Las fuerzas organizadoras, modificaciones de la fuerza universal única, no son propiedades de la materia. La materia es por naturaleza inerte, ciega, muerta, y carece por lo tanto de impulso propio. Los átomos como los mundos, no se tocan, aun operando en los cuerpos mas densos, están separados con relación a su tamaño y en armonía con sus evoluciones, cada cual en el círculo que le está determinado en el macanismo universal. La afinidad y las fuerzas siderales ocupan los espacios.

Las fuerzas son impulsoras, soberanas de la materia, y asi como en el mundo de lo infinitamente pequeño se agrupan los átomos por la cohesión, para constituir las moléculas y formar los organismos, en el mundo de lo infinitamente grande, operan en las masas estelares, por la atracción, para establecer el equilibrio del universo.

Las moléculas constituidas por los átomos, están formadas por la reunión geométrica de estos, según la química. Cada molécula representa un tipo geométrico. Asi, por ejemplo la molécula de ácido sulfúrico, monohidratado, es un sólido geométrico regular, un octaedro de base cuadrada, compuesto de siete átomos.

El universo es la unidad viviente, y vive por Dios, como el cuerpo por el alma. Ya hemos hecho constar en otro lugar de este libro, que no somos panteistas en lo absoluto del concepto. Dios es el alma del universo.

Los átomos que constituyen el mecanismo de los cielos y de los seres que puebla nuestro mundo, y las demás esferas, están saturados de su Divino aliento. Nada hay aislado en la naturaleza, todo está encadenado en la imperiosa red de las fuerzas.

La ley del número constituye las armonías del universo visible, como las notas del pentagrama las armonías de la música. Los átomos y las masas estelarias, se atraen, como ya hemos dicho, en razón directa de sus masas, y en razón inversa del cuadrado de las distancias. Todo está sujeto a principios fijos impuestos por el Autor de la mecánica universal.

De la inerte materia, ascendiendo por la misteriosa escala de la vida, nos elevamos a las fuerzas; de estas a las leyes que las dirigen, y de las leyes a Dios.

La armonía llena al mundo con sus acordes. La mecánica celeste lanza atrevidamente en el espacio el arco de las órbitas estelares. La luz, el calor, la electricidad, puentes invisibles, echados de una esfera a otra, hacen circular al través de los infinitos, el movimiento, la actividad, la vida, la radiación del esplendor y la belleza.

En lo absoluto el universo es todo, la tierra es nada, es el infusorio en la gota de agua, es la gota de agua en el mar. ¡Tal es nuestra pequeñez!

Sinembargo, la tierra como todos los mundos que se mecen en el éter, es el asiento de la inteligencia, de la actividad y de la vida, se halla vinculada con aquellos por la solidaridad, está fecundada por el calor de su centro solar, bañada por el manantial de su luz vivificante, y arrullada por las armonías de esas miriadas de mundos lejanos que la mirada atónita del hombre contempla extasiada en las noches serenas.

Ella, como todas las esferas gigantescas, gira rápidamente sobre si misma, en veinte y cuatro horas, y es lanzada con pasmosa velocidad por los espacios, en su movimiento de traslación, a razón de seicientas cincuenta mil leguas por día.

Las estrellas que contemplamos en el azulado firmamento son otros tantos soles, entre los cuales los hay dobles, triples como Sirio o el Can Mayor de la constelación de Orión, cuadruples, rodeados como el nuestro de sus sistemas de mundos, estos de satélites, que recorren los espacios con celeridad intensa; movimientos indescriptibles que lanzan por la inmensidad esos millones de soles como inmensa catarata, unidos respectivamente alrededor de su centro común de gravedad, y obedientes a idénticas leyes que las que rigen nuestro sistema.

Los átomos son permanentes, y no cambian, ni se agotan jamás, aunque pasen de un ser a otro, en sus constantes evoluciones, ya sea en la atmósfera, en los mares, en los ríos, en los minerales, en las plantas, en el reino de la animalidad y en el hombre. En esa cadena interminable de la vida, las moléculas entran y salen de los cuerpos, cambian de posición, pero no obstante conservan su naturaleza esencial, intrínseca.

Dice Flammarión:
"Cuando se ven esos cuerpos inmensos reunidos por parejas, describir, en virtud de la ley de gravitación, que rige todas las partes de nuestro sistema, esas inmensas órbitas que se necesitan siglos para recorrerlas, admitimos a la vez que tienen en la creación un objeto que no alcanzamos, y que hemos llegado al punto en que, la inteligencia humana, se ve forzada a confesar su debilidad, y a reconocer que la imaginación mas rica, no puede formarse del mundo un concepto que se acerque a la grandeza del objeto."

Y añade:
Los astrónomos que se remontan humildemente al principio desconocido de las causas, no pueden dejar de poner en las manos de un ser inteligente esta atracción universal, por la cual el mundo entero está inteligentemente regido."

De estos conceptos surge como consecuencia la noción cierta y evidente de que este barro que pisamos, está animado por la fuerza de la vida, y que el globo en que se agita nuestra delegnable existencia corporal, es un dinamismo viviente. Que la caida constante del universo en el infinito, como dejamos expuesto, es una verdad fuera de toda duda, como lo confirma la ley de la atracción universal descubierta por Newton.

Deber es de los hombres sensatos del presente, dar por un momento la espalda a ciertos pasatiempos estériles, e iniciar a la juventud de hoy, que serán los ciudadanos del porvenir en estas hermosas claridades, porque mientras se elevan las ideas a lo mas alto, no olvidamos del polvo vil de la tierra, o sease de las frívolas preocupaciones; y si es una verdad que en los presentes tiempos de hoy, aun nos rodea el misterio, y hasta la entidad Dios, centro de todas las atracciones del universo se presenta a la razón humana como una hipótesis en el vasto campo de la filosofía; necesario es esperar el día en que el hermoso ideal del sabio se convierta en una bella realidad.

Sabemos que el cuadro de la vida es un misterio, que el tiempo no existe realmente, no siendo mas que una sombra ilusoria, comparada con la eternidad que nos envuelve, y que la gota de agua suspendida, que pugna por ceder a la atracción del centro común de gravedad, es la morada de millones de seres que piensan y sienten, como pensamos y sentimos.

El mundo está saturado de inteligencia aun mas que de luz; esta es un efecto, tiene sus límites, y la inteligencia es un poder universal, es la causa suprema que envuelve, no ya la creación viviente que tenemos a nuestro alcance, sino lo infinito y lo inexplorado, inaccesible al humano entendimiento.

El mundo en su origen, no fue por cierto creado en su perfecto desarrollo, como afirman ciertos textos, no; eñ obedeció, como todas las cosas mas insignificantes, a los inflexibles principios de la naturaleza, siguiendo un proceso evolutivo, mediante millones de períodos seculares. La cohesión como fuerza que agrupa los átomos; la afinidad como fuerza que agrupa las moléculas; la atracción como fuerza que atrae las masas; los movimientos vibratorios de los agentes luz, calor y sonido; la pesantez, la electricidad activa, el magnetismo, todo ese poder desarrollado en el elemento material le imprimió sus energías, aca, allá, en todas las regiones del cosmos.

Recorriendo los escalones de la vida, desde el último de los seres hasta Dios, la gran ley de continuidad se ostenta manifiestamente, y considerando las fuerzas en si mismas, se puede formar una serie, cuyo resultante, confundiéndose con la generatriz, es la ley universal. Todas estas fuerzas son eternas y universales como la creación; por ser inherentes al fluido cósmico, obran necesariamente en todo, y en todas partes, modificando su acción por su simultaniedad o su sucesión. Predominando aquí, moderándose allá, potentes, activos en ciertos puntos, latentes en otros, mas en fin, preparando, dirigiendo, conservando, y destruyendo los mundos en sus diversos períodos de vida; gobernando los maravillosos trabajos de la naturaleza, y asegurando para siempre el esplendor de la creación.

Nuestra historia, como la historia de todos los acontecimientos del universo, como la historia de todas las humanidades entrevistas por el pensamiento, está grabada indeleblemente en todas las regiones del infinito, llevada por la luz al través de los espacios, al través de los soles y de los mundos, sin que jamás se pierda en la sustancia etérea una sola de sus vibraciones.


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