Wednesday, December 29, 2004

La Patria

Hay quien haya escrito que la Patria es primero que la familia, pero yo veo en tal aseveración, un convencionalismo político, convertido en axioma, porque, si es una verdad que tenemos serios deberes que cumplir para con la patria, estos se refieren mas particularmente a sus intereses materiales, mientras que los que atañen a la familia, son inspirados por la naturaleza y obran en virtud de móviles mas elevados del orden moral, que imponen expontáneamente nuestros sentimientos, desde el primer rayo de sol que iluminó nuestra cuna.

Yo me siento, dice el infeliz proscrito, adherido a mi patria, como la planta por la raiz. La veo en mis ensueños, la adoro en mis amargas desventuras. ¡Ah! ¡quien pudiera aspirar las perfumadas brisas de sus campos! Mi corazón se siene unido a ella por vínculos indisolubles.

Los recuerdos de la infancia, los de nuestras ilusiones primeras que han dejado profundas huellas en el alma, hacen adorable el hogar donde se nace. Estamos ligados a la patria por los vínculos del afecto; mas también, y muy principalmente, por la ineludible ley del instinto. En nuestro cerebro está localizada esa tendencia, mas o menos pronunciada, según cada organización.

El patriotismo es evidente que guarda íntima relación con la vida material del ser. Generalmente la región donde se nace es la que mas se adapta a sus necesidades orgánicas, y hay hombres a quienes lejos de su patria, se les hace asaz penosa la vida, e intolerable la existencia.

La nostalgia es una afección profunda ocasionada por la ausencia de la patria. El proscrito la adora en el recuerdo, y convierte en un ídolo la insensible y dura peña del pueblo donde ha pasado los venturosos días de su infancia, y cuando jóven el recuerdo de sus primeras impresiones de amor que han dejado gravadas en su alma las irradiaciones celestes de la única felicidad que existe sobre la tierra.

El hombre, ha dicho un escritor, es cosmopolita en el sentido de que puede resistir a las variadas influencias de las zonas climatológicas, mas no lo es en absoluto, afirmando que puede vivir indiferentemente en un país, en una región cualquiera, para trasladarse luego a otros puntos; no, es muy raro el número de hombres para quienes el sol es siempre vivificante, la naturaleza siempre risueña, la tierra bella y libre, y para quienes el cosmopolitanismo sea una necesidad.

Todo esto es perfectamente lógico, si se atiende a que el hombre físicamente considerado, necesita del clima, del sol, del ambiente, de la atmósfera de su país, del recuerdo de sus afectos que forman parte de su vida moral; pero si se atiende a que, ensombrando el círculo de sus ideas, y la esfera de sus necesidades y aspiraciones, creadas a merced del proceso evolutivo de los tiempos, es algo mas que un organismo que vive de aire y de luz, si bien quiere sus montañas, sus valles y sus prados, que despiertan en su alma las dulces reminiscencias de la infancia y de las pasadas glorias de su juventud, vive también de esas ideas que le hablan de la fraternidad universal, de las grandes y portentosas conquistas del genio, cimiente de luz, surgida del profundo seno creador para incubar en el cerebro humano y trazar en la marcha de los pueblos el extendente derrotero de la civilización.

El sentimiento del amor patrio cumple su altos fines en la historia, no sembrando la desolación y el luto, no secundando las injustas ambiciones del poder y sus desmedidos egoismos, fuente de esas terribles convulsiones que azotan los pueblos y destruyen los Estados, mas si, cuando se consagra al triunfo de la justicia, a la consolidación del bien en sus gloriosas manifestaciones, y al imperio de la libertad.

Velar por la paz universal es ser patriota y a la vez cosmopolita; es fundir ambos conceptos en uno solo, del cual surge resplandeciente el rayo de la justicia. Somos cosmopolitas porque no se nos oculta que los principios que informan su credo, se fundan en la fraternidad universal, única fuerza moral que, separando las fronteras, tiende a fundir en una vasta unidad las mas distantes regiones del globo.

La vida de los pueblos, así como la vida en el concierto universal, necesita del concurso de todos los elementos para ser fecunda. En presencia de ese movimiento evolutivo que crea el prodigioso desarrollo de esas múltiples fuerzas puestas al servicio del poder intelectual para encauzar la vacilante nave que surca los procelosos mares de los humanos destinos. ¿Quién tendrá al presente noción segura para calcular y preveer las diversas metamorfosis que deberán un día operarse en todas las relaciones sociales?

Ante tales consecuencias, dice una gran pluma, cuyo secreto está todavía en el tiempo, no nos será permitido entrever desde ahora los intereses de los diversos pueblos, de tal modo mezclados y confundidos entre sí, que toda guerra venga a ser absolutamente imposible. De esta suerte los progresos del cosmopolitanismo darán como resultado el eternizar la paz del mundo.

Así, el Cosmopolita en sus nobles presentimientos, verá surgir la aurora de una nueva era, y podrá asegurar el tiempo en que todos los miembros del género humano, unidos por el triple lazo de los intereses, de los sentimientos y de las ideas, no formarán más que una sola familia.

Por último, frente al sentimiento del patriotismo que nos adhiere a la tierra de nuestra naturaleza, y nos hace sentir sus palpitaciones profundas, como a la planta por la raiz, ley hereditaria, atávica, que nos inclina al retroceso, está la idea cosmopolita que nos lanza al infinito en alas del ideal humano de la justicia, y nos hace ciudadanos del universo.

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