Saturday, January 15, 2005

El hombre

Artículo que publiqué en un periódico de Yauco, siendo su Director D. José G. Torres, en el mes de Diciembre de 1895.

El hombre es un ser racional que ha nacido libre y pensador; libre, haciendo abstracción de su parte material, y con referencia exclusiva a su entidad espiritual, encaminada a la perfección, en virtud de leyes superiores, que ofrecen a sus crecientes facultades, una esfera de acción ilimitada. Así, pues, siendo de tal naturaleza, no le vemos sujeto a las contingencias de la vida, en lo que toca a su espiritualidad, ni sometido en absoluto, como el irracional a las imperiosas leyes del instinto.

El hombre, así constituido, superior por virtud de las evoluciones de la naturaleza, que le han separado un tanto de la animalidad en la escala zoológica, ha levantado desde los primeros explendentes albores de su vida, su frente al infinito, y ha visto, aunque en signos misteriosos, trazado el derrotero que le ha de conducir a su destino; y es pues, por lo tanto que, por una tendencia innata, le vemos en continuas vigilias, sacrificando las horas de su descanso, consagrado al estudio y la observación, para arrancar del fecundo seno de la naturaleza ignorados secretos,con que ha de enriquecerse la hermosa obra de la civilización.

¿De donde, pues, procede esa evidente superioridad sobre los demás seres? Del transformismo. De ese proceso evolutivo que se opera bajo la fórmula de lo menos a lo mas. Seríamos demasiado cándidos si le atribuyéramos distinto origen.

Aquellas inocentes creencias, que jamás tuvieron el mérito de la mas absurda teoría, sobre la primera pareja de la especie humana, se han desvanecido como nubes pasajeras en el cielo de nuestras concepciones al contacto de los rayos luminosos de la ciencia.

Todo se transforma en el gran laboratorio del infinito, desde el infusorio que tiene por firmamento la gota de agua en que se agita, hasta la estrella que gravita en el cielo; y el hombre en el reino que ocupa, es el último eslabón de ese encadenamiento, en donde se halla vinculada la planta con el reptil, el insecto con el ave, y el ave con el hombre que explora las vastas regiones siderales.

En vano pretenderán los eternos enemigos de la filosofía someter al hombre a las mismas leyes que rigen exclusivamente el mundo físico, y despojarle del sello augusto de la libertad. El hombre, ascendiendo por la via de la perfectibilidad, conquistaría el dominio de esas leyes desconocidas aun, que rigen la materia, descubriendo nuevas fuerzas y fluidos ignorados, generadores de lo existente. La ciencia redentora le abrirá extensos horizontes.

Las condiciones de su existencia presente desaparecerán del cuadro de la vida, como ha desaparecido el hombre primitivo: sus nuevas formas, modeladas, bajo las inspiraciones del arte en la naturaleza, según las leyes de la estética, y en armonía con sus elevadas ideas y delicados sentimientos, le presentarán regenerado. Su libertad será indiscutible.

En vano, si, pretenderán los sectarios del materialismo, confundir al ser pensante con el átomo que a impulsos de fuerzas inconscientes, se agita en el vertiginoso océano de la vida; que no puede ser igual, en manera alguna al ave, al insecto y a la planta, quien bajo el poder de su inteligencia escrutadora, ha vislumbrado en el seno de la inagotable naturaleza el poder creador de la vida en lo infinitamente pequeño, en virtud del cual las miriadas de átomos que por la misteriosa fuerza de afinidad molecular, se atraen, se confunden y se agregan, hasta constituir un organismo visible, y en el mundo de lo infinitamente grande el dedo de Dios demarcando a los astros sus infinitos derroteros.

Que ha pesado y medido los soles y los mundos, estudiado su constitución física y demostrado con precisión matemática el curso de sus rutas por las vastas soledades del espacio. Que ha dominado el rayo, suprimido las distancias, y abierto desconocidas corrientes a la palabra para las manifestaciones del pensamiento.

Que ha elevado sus asombrosas concepciones, por sobre lo inconcebible, el espacio y el tiempo, penetrando con la mirada escrutadora del telescopio, en esas profundidades sin límites, para sorprender al infinito en sus secretos inviolables; y si bien no ha podido hallar de manera tangible, descorriendo la gasa transparente de los cielos, la causa creadora de la luz, ha desentrañado de las leyes y fuerzas conocidas la noción de las causas secundarias, que explican de un modo indudable, la existencia del principio inteligente, que somete a su soberano imperio las prepotentes fuerzas que rigen los movimientos formidables de las esferas planetarias en sus órbitas.

Que ha abierto su corazón a las impresiones de la naturaleza, aspirando en el cáliz del amor el perfume de la vida; y aunque embriagado en la copa de las ilusiones, ha entrevisto, abstraido en sus meditaciones profundas, sublimes transportes del espíritu, bellezas superiores a las idealizadas por las sublimes inspiraciones del arte.

Que ha sido animado de esa unción divina que le identifica con el Ser increado, y que como en el mundo físico, también está sujeto a las atracciones, teniendo por conductor la explendente luz del genio, y por centro, al Dios que rige el universo moral.

Que ha llegado a comprender que dentro de la variedad relativa se halla la unidad absoluta que revela el plan grandioso de la naturaleza terrestre, y su solidaridad con esos mundos que pueblan las inconmensurables regiones del espacio.

Que la muerte y la vida obedecen a una sola ley que determina, no ya la metamórfosis del ser viviente, sino la transformación de la materia incomunicada.

Que ha lanzado el rayo de la idea por entre las nebulosidades de la ignorancia, y ha despertado en el corazón de los pueblos, a la luz de la razón, el sentimiento sublime que inspiran las emancipadoras ideas de redención y libertad.

Que lejos de las sombrías ideas del materialismo absurdo y retrógrado, ha concebido nuevas teorías en contrario que revelan la inestabilidad de lo material, y que toda materia ponderable y tangible se reduce a miserable polvo, no siendo mas que una forma transitoria impresa por los elementos permanentes del mundo invisible, que allá en lo alto constituyen la estabilidad del mecanismo de los cielos, y acá en lo bajo el funcionamiento de nuestra vida orgánica, la exhuberancia de los bosques, las auroras y los crepúsculos, la imponente magestad de los mares, agentes que conocemos con los nombres de electricidad, fluido magnético, lumínico y calórico, afinidad y atracción; sustancias aeriformes suspendidas en la atmósfera que sostienen nuestra vida, denominadas oxígeno, hidrógeno, azoe y carbono; sustancia etérea, o fluido cósmico universal, generador de las masas estelarias; estando por sobre todos esos fenómenos el principio inteligente que constituye lo esencial del ser humano, la entidad que discurre y eleva sus concepciones atrevidas, hasta allí, donde le confunden y anonadan las eternas irradiaciones del infinito.

Este no es por cierto el hombre de barro estudiado por el físico para llegar a conclusiones absurdas. Este es el hombre del porvenir, que en los siglos futuros ha de cambiar la faz del planeta, transfigurándose, por decirlo así, sometiendo al imperio de la razón serena su propia naturaleza instintiva, origen de los males sociales; que ha de surcar como el águila los aires, a merced de la electricidad, nueva conquista del humano espíritu, y establecer en absoluto, con la pureza de sus costumbres, el reinado de la paz moral, por la virtud congénita, no por esa falsa virtud, que hoy impone el sacrificio, incompatibles con nuestras imperfecciones, sino por la virtud inherente a su temperamento regenerado.

La ley del equilibrio se impone, como que de ella surge la armonía, la estabilidad y la justicia, en todos los órdenes de la vida, y considero por lo tanto el fin supremo del hombre, la nivelación de sus facultades síquicas.

Cuando esto se haya realizado, cuando las tendencias instintivas de la pasión, que forman nuestros hábitos atávicos, haya cedido al imperio de la razón serena; cuando el hecho brutal de la guerra haya desaparecido del horizonte de los pueblos, y las naciones se sometan al juicio de los hombres honrados constituidos en autoridad; cuando el egoísmo, cáncer de nuestras entrañas, ceda su cetro a la equidad bendita, y la fraternidad nos confunda a todos en un estrecho abrazo, siendo ley inviolable el sacrificio en aras del bien común; entonces el hombre, con nuevas y fijas orientaciones en el orden universal, nos ofrecerá realizado el ideal grandioso que concebimos, y que está confirmado por la incontrastable ley del progreso.

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