Sunday, January 09, 2005

La vida

Qué es la vida?

Abrimos esta interrogación en el presente capítulo, porque sobre todas las cosas que han ocupado la atención de los grandes talentos, esta es una de las que ha ofrecido mayores escollos en el vasto campo de las especulaciones científicas.

Ahora bien, si hemos de circunscribirnos a la significación sencilla de la palabra "vida", encontramos que está definida como sigue:

"Fuerza interna sustancial del ser orgánico". "Estado de actividad de estos seres". "Tiempo que dura". "Modo de vivir".

Se sabe pues, que es una fuerza soberana en la naturaleza, y nada mas.

Y claro está, que siendo una fuerza nos ofrece el misterio de lo invisible, de lo que escapa al análisis, como sucede con las demás fuerzas que operan en las incesantes evoluciones de nuestro mundo, y de que ya hemos hablado, aunque sucintamente en el curso de este humilde trabajo.

Los reinos vegetal y animal nos suministran datos incontrovertibles acerca de los fenómenos que se suceden en las evoluciones de la vida. Empero esta fuerza soberana, ¿es como la electricidad, la atracción, la afinidad, el magnetismo, y demás que operan como elementos en la superficie del planeta? Podemos determinar nuestros juicios, y sentar que estas son auxiliares de aquella, según bien sentadas opiniones; siendo así que de ello dan testimonio los fenómenos que se realizan en todos sentidos.

Campoamor ha dicho: "El átomo es el Dios del universo." Si nos detuviésemos a considerar tamaña afirmación, pudiéramos caer en el absurdo de confundir el efecto con la causa. Sinembargo el átomo, en su infinita pequeñez, constituye la rueda fundamental del hermoso mecanismo del universo, que es la infinita grandeza. Si desde este corpúsculo, que representa la nada imperceptible, hasta Dios que representa la grnadeza infinita, se traza con el pensamiento el círculo máximo de lo absoluto, encontraremos que, dentro de la unidad en el contenida, se halla la variedad y la belleza derramada con profusión y explendidez en todos los reinos de esta feraz y rica naturaleza, y cuya diversidad no reconoce otro móvil que las fuerzas operantes y las condiciones en que se han desarrollado desde el génesis de los tiempos.

El mundo de los fluidos imponderables, como fecundo manantial de estos agentes, en la producción de los múltiples fenómenos de la vida, representa por consiguiente el papel mas importante de esta materia.

El tronco del árbol de la vida, nos presenta como origen de toda organización al vegetal. De él se deriva el reino animal. La planta vive a expensas de la savia que extrae del suelo a que está adherida, verificando esta función por sus raíces que extiende en direcciones distintas, buscando su alimento, y nace, crece, respira, se nutre, reproduce y muere, tal como pasa en el reino animal. Los agentes principales para su existencia son el calor, la luz, el agua, el aire, la electricidad, que sepamos, según las nociones adquiridas hasta el día.

En la escala de la animalidad reconócese como primer tipo al zoófito, animal planta que presenta de esta toda su exterioridad, y se halla adherido al suelo; mas esto no obstante, como animal, el ambiente en que se halla constituye su alimento. Solo falta a este ser complejo un grado mas en la escala, para ser libre como los demás animales.

Grande es la variedad que se halla en la vida animal, y a partir del zoófito encontraremos, sin solución de continuidad una serie de especies que constituye la misteriosa red de las existencias. Síguense en este orden los siguientes: el pólipo, sin órganos bien delineados, pero con actividad propia para moverse, los helmintos, los moluscos que carecen de huesos, los crustáceos, los insectos, las orugas que se convierten en mariposas, los vertebrados, como los peces, las aves, los reptiles y finalmente los que constituyen nuestra mayor riqueza y utilidad, que son el grupo de los mamíferos, como por ejemplo el ganado caballar, vacuno, lanar, mular, y otros.

La vida del hombre que no hemos incluído en la serie precedente, a ella corresponde bajo el punto de vista de su constitución orgánica, supuesto que, dada su naturaleza, sostiene en su desarrollo, y en todas las etapas de su existencia las mismas funciones, tanto en lo que atañe a la nutrición, como en lo que afecta a la respiración y reproducción del ser. Su nacimiento, su vida y su muerte se hallan en idénticas condiciones que los demás seres. Como éstos, como todo ser orgánico al morir, devuelve a la tierra sus elementos constitutivos: el oxígeno, el hidógeno, el ázoe y el carbono, que pasan a formar nuevas existencias en los reinos mineral, vegetal y animal. Su espíritu se eleva a los espacios.

Pertenece el hombre al órden de los bimanos. Su lugar arqueológico concuerda con la teoría del progreso. Ciertos cuadrimanos o monos, como el orangután y el chimpancé (el hombre de los bosques) tienen un marcado punto de contacto con el hombre: se apoyan en un palo, conservan su posición vertical, y llevan como éste los alimentos a la boca.

Esto ha hecho meditar a los sabios acerca de la teoría de Darwin que hace surgir al hombre del mono, y establece la selección natural de las especies. Esta teoría que tantos prosélitos ha alcanzado en el campo de la ciencia, tiene empero sus contradictores. Uno de ellos dice:

"Ningún ser puede traspasar los límites de su existencia." (Del gran conflicto)

Mas no puede ocultarse, que, desde el líquen hasta la corpulenta encina, y desde el zoofito hasta el hombre, hállase una cadena, no interrumpida de seres, cuyos anillos tienen un punto de contacto con el que les precede y les sigue:

"Recorriendo pues, paso a paso la serie de los seres, parece que cada especie
es un perfeccionamiento, una transformación de la especie inmediatamente
inferior.

Cueste lo que cueste al orgullo del hombre, este debe resignarse a no ver en
su cuerpo material sino el último anillo de la materialidad sobre la tierra.

Pero cuanto mas el cuerpo disminuye en valor a sus ojos, tanto mas aumenta la
importancia de su principio espiritual; si el primero le pone al nivel del
bruto, el segundo le eleva a una altura inconmensurable."

Vemos el círculo en que el animal se detiene; mas no podemos alcanzar, ni aún con la imaginación, el límite a que puede llegar el espíritu del hombre. Así como no hay mas que una sustancia, simple, generatora de lo existente, según ya lo hemos dicho, y que constituye la unidad, como ley primordial entre el átomo y Dios, del propio modo las fuerzas siderales, dependen de una sola suprema ley, diversificada en sus efectos, de la cual depende la armonía, variedad y estabilidad de lo existente.

La materia sutil que opera en los espacios interplanetarios, alli donde el cielo aun no resplandece con sus brillantes manifestaciones de luz, no es otra cosa que la sustancia en que residen las fuerzas cósmicas.

"Este fluido envuelve a los cuerpos como un inmenso océano. En él reside el
principio vital que da nacimiento a la vida de los seres y la perpetúa en cada
globo según sus condiciones."

Cada critatura mineral, vegetal, animal o de otra clase, porque hay otros varios reinos en la naturaleza, ocultos para la ciencia actual, sabe en virtud de este principio vital universal, apropiarse las condiciones de su existencia y duración. Al principio todo era caos, y los elementos estaban confundidos. Poco a poco cada cosa fue ocupando su lugar, y entonces aparecieron los seres vivientes, apropiados al estado del globo. Los gérmenes estaban encerrados en la tierra y solo esperaban el momento favorable para desarrollarse.

Se reunieron los principios orgánicos, así que cesó las fuerzas que los tenía separados, y formaros el germen de todos los seres vivientes. Los gérmenes permanecían en estado latente e inerte, como la crisálida y los granos de las plantas, hasta el momento propicio para cada especie; despues los seres de cada especie se unieron y se multiplicaron.

La especie humana se encontraba, por lo tanto entre los elementos orgánicos contenidos en la tierra, y la teoría de la primera pareja de que hablan las escrituras, está hoy descartada de toda controversia filosófica. Una vez esparcidos los hombres sobre la tierra, han absorvido en si mismos los elementos necesarios a su formación, para trasmitirlos conformes a las leyes de la reproducción. Lo mismo sucede respecto de las diferentes especies de seres vivientes.

Una fuerza une los elementos de la materia en los cuerpos orgánicos e inorgánicos, porque la ley de afinidad es la misma para todos. La diferencia notable que existe con respecto a la materia entre los cuerpos orgánicos e inorgánicos, estriba en que, entre los primeros, está animalizada, o sease saturada del fluido vital que reina en el universo, mientras que, en los segundos es solo materia y nada mas. Este fluido es el que trasmite la vida orgánica a la materia, y sin el concurso de ambos elementos combinados, no es posible el funcionamiento de la vida orgánica.

Los seres organizados están provistos de órganos apropiados a sus necesidades. Los seres inorgánicos son aquellos que carecen del principio vital, y que solo deben su existencia a la agregación de la materia. En este caso se hallan los minerales que deben su crecimiento a la superposición de capas, el agua, el aire, etc.

El principio vital es el mismo para todos los seres orgánicos; pero modificado según las especies. El conjunto de los órganos constituye una especie de mecanismo que recibe su impulso de la actividad íntima, o principio vital que existe en ellos. El principio vital es la fuerza motriz de los cuerpos orgánicos. Al mismo tiempo que el agente vital da impulso a los órganos, la acción de estos entretiene y desarrolla la actividad del agente vital, poco mas o menos como el frote desarrolla el calor.

La vida en los mares es tan vasta y presenta aspectos tan interesantes y variados como la de los continentes. Opiniones modernas fijan en los mares el origen de las especies en la superficie del globo. Las razones en que se funda esta teoría, no obstante ser hipotética, son harto convincentes.

Basta una ligera consideración acerca del inmenso tesoro de cuanto el mar encierra, los seres diversos hasta lo infinito que cruzan sus insondables abismos, animales y plantas con variedad prodigiosa, desde el ser microscópico hasta el anfibio gigantesco, crustáceos, peces, moluscos, reptiles, etc., etc., para dejar comprobado su fundamento.

Ya hemos dicho en este trabajo, que la naturaleza va siempre de lo menos a lo mas, de lo simple a lo compuesto. Esta es la fórmula del progreso en las múltiples evoluciones de la vida, y el plan uniforme de la naturaleza, no puede reconocer otra orientación y otra norma fundamental; y tan es así que, del estudio de los sabios sobre la historia de los seres extinguidos, tanto del reino vegetal como del animal, que hoy permanecen como fósiles, se desprende por modo evidente que los seres inferiores han precedido a los superiores.

Dice un sabio a este respecto:

"Si deseamos tener una noción de lo que fue la vida en el origen del
mundo, vemos la creación marina destinada a permanecer, si así podemos
expresarnos, inferior en dignidad a la creación terrestre y precederla; vemos el
reino vegetal inferior en dignidad al animal, aparecer antes que él, ya en el
seno de las aguas, o ya en la tierra.

Y así como en la creación de los seres llamados a poblar el océano, hubo
probablemente animales microscópicos, agamos o oxiptógamos que precedieron a las algas y fucus, cuyas reliquias e impresiones se encuentran hoy en los terrenos mas antiguos, así también los animales infusorios y los zoófitos, o animales plantas, precedieron a los moluscos, crustáceos y peces."

Esto, pues, viene a confirmar la teoría, ya expresada, sobre el origen de las especies. El mar es un mundo o residencia de millones de seres, dotados de una existencia peculiar, como lo es la tierra. En su constitución hay un mecanismo, como lo hay en la vida actual, el cual no tan solo obedece en sus evoluciones a las fuerzas físicas y químicas, sino que también está regido por las fuerzas vitales.

El lecho de los mares presenta ciertas analogías con el suelo de los continentes: Hay colinas, valles, montañas y llanuras inmensas. La profusión de la vida en el líquido elemento es incontestable, su belleza indefinible.

Los infusorios, como las luciérnagas en la tierra, que brillan o se apagan a voluntad, iluminan sus aguas, y las olas despiden vivos destellos de luz. La belleza en lo pequeño del mar, esos juegos maravillosos de explendores infinitos, rivalizan con los explendores de lo infinitamente grande en el azulado firmamento.

Diferentes teorías han surgido en épocas distintas acerca de estas maravillas de la naturaleza, atribuidas por unos a la acción de la electricidad, y por otros, a las sales, al fósforo; mas la ciencia moderna ha encontrado que estos fenómenos fosforescentes estriban en la vida de los infusorios, zoófitos, etc., y a ciertas materias orgánicas en descomposición de animales y plantas.

Dice Humboldt:

"El que no ha sido testigo de este fenómeno en la zona tórrida, sobre
todo en el Grande Océano, no puede formarse una idea, ni siquiera aproximada, de
la magestad de tan grande espectáculo.

Cuando un buque de guerra, empujado por un viento freco, hiende las olas
espumosas, y el viajero se asoma a la borda, no se cansa este de contemplar el
espectáculo que ofrece el choque de las ondas. Cada vez que por efecto de un
bandazo, el costado del barco sale del agua, parece que salen de la quilla, y se
lanzan a la superficie del mar, llamas rojizas semejantes a
relaámpagos."

Dice Flammarion:

"Cuando el mar está en calma, créese ver en su superficie millares de
fulgidas chispas que flotan y se balancean, y en medio de ellas, caprichosos
fuegos fatuos que se persiguen y se cruzan.

Estas repentinas apariciones se reunen, se separan, se vuelven a reunir y
acaban por formar una vasta sábana de fosforescencia azulada o blanquisca,
pálida y vacilante, en cuyo seno descuellan de trecho en trecho pequeños soles
resplandecientes que conservan su brillo."

Estudios concienzudos de otros sabios han confirmado estos hechos, es decir que la fosforescencia del mar nacen de los seres animados que viven en su seno. Medusas, astorias, moluscos, crustáceos, nereidas y peces infusorios, forman discos, plumas, estrellas y franjas flameantes.

En 1778 el Abate Dicquemare reconoció con el microscopio, y aún a la simple vista, animalillos fosforescentes en el agua cogida en el puerto de Havre. Cook los observó en 1772, en el Cabo de Buena Esperanza, y Ehremberg los describe en una memoria que publica por el año de 1835.

Varios navegantes y naturalistas, han tomado cubos, de esas aguas luminosas, y reconocidas resultaron ser producidas por zoófitos diminutos que poseian prodigioso poder de fosforescencia, de tal suerte difusible, que al escaparse, dejaban una estela luminosa en su marcha. Hay zonas en las que, todo lo que se mueve, parece despedir luz, y hasta el limo mismo parece cubierto de puntos brillantes. He aqui como, gracias a la fosforescencia de los animales, se engendra, y hasta se difunde con profusión la luz, en esos abismos, en los que jamás han penetrado los rayos del sol.

Leroy de Montpellier, Dumont de Hiville, Quoy, Gaymard, Fredol Spallanzani, Milore Edward, y otros naturalistas y físicos, han hecho notables esperimentos sobre la fosforescencia de los animales marinos en el seno de las aguas. Y he aquí, como en la obra inmensa de detalles infinitos de la creación, se encuentran, cuando se le quiere considerar con reflexiva atención, motivos de pasmo y sorpresa, allí donde el vulgo no vé mas que objetos de indiferencia o de desdén.

Esos átomos organizados, esos zoófitos imperceptibles, informes, como las antorchas del mar; tienen en sí el principio sutil que todas las religiones, todas las filosofías, todas las poesías han proclamado como emblema del espíritu divino, ¡la luz!

Y esa materia grasienta y viscosa, residuo de la descomposición de innumerables seres, plantas y animales; ese mucus segregado por los peces, es también una fuente de luz, mejor dicho, un manantial de vida: es el alimento universal de la flora y la fauna oceánicas; es la leche, en cuyo seno nacen y de la cual se alimentan, todos esos seres efímeros, tan débiles, tan delicados; esos infusorios, moluscos irradiados, infinitamente pequeños, cuyo poder es, sin embargo incalculable, gracias a su número, y a su exhuberante fecundidad, y que desempeña en el mundo marino un papel mucho más importante que los tiburones, los cetáceos y demás gigantescos habitantes de las ondas. Porque esas moléculas vivientes forman legiones, y millares de millones de legiones, y hacen del mar un inmenso depósito de vida, un vasto organismo en el que la materia se mueve, circula, se transforma, se organiza, y corre, y vuelve a correr, sin fin, el ciclo de sus misteriosas evoluciones.

En cuanto a la flora Neptúnica, mucho se ha escrito, y muchas opiniones se han emitido, tan importantes, como las que se refieren al reino animal. La flora del océano la constituyen los zoófitos, o animales plantas, y los litófitos o animales piedras, que forman montes, valles y montes de corales y madreporas gigantescas (Esta es una teoría). Las algas marinas constituyen los primeros rudimentos de la vegetación.

M. Payen, después de sus laboriosas investigaciones sobre la vida vegetal, que trasmite a la Academia de Ciencias, concluye manifestando que os tejidos vegetales, tal vez no sean otra cosa, que la envolvente protectora del cuerpo animado, que trabaja sin cesar en la formación de las diferentes partes de la planta. Según Ehremberg una pulgada cúbica de trípoli, contiene cuarenta y un millones de carapachos de infusorios. Cada individuo de esta especie puede producir en diez días, un millón de los mismos.

Hállanse riquezas inmensas en el mar, producidas por tales animalillos. A este respecto pueden citarse las grandes cantidades de corales, depositados por estos incansables obreros en el Océano Pacífico, así como en otras regiones del mar, a las que se les atribuye por varios renombrados naturalistas 360, 390 a 434 leguas de longitud, por 109 a 145 de anchura. Toda la península de la Florida está formada de rocas compuestas de corales y conchas marinas, según así lo confirma una opinión del sabio naturalista Agassiz.

El ilustre Profesor Alemán Schleider, dice:

"Si procuramos penetrar con la mirada en el líquido cristal del Océano Indico, vemos realizadas en él las mas maravillosas apariciones de los cuentos de hadas de nuetra niñez. En aquel ámbito líquido y misterioso, se descubren a cada paso las cosas mas extrañas e inesperadas. Ora son matorrales cuajados de vivientes flores; ora meandrinas y astreas, cuyas espesas masas contrastan con las explanarias que abren sus cálices a modo de copas; o bien madréporas de complicadas ramificaciones y largos troncos, que parecen lanzar al espacio sus largos brazos.

Por todas partes brillan su mas vistosos colores: los verdes de todos los matices, alternan con el amarillo y el pardo de tranparenciasin igual; el púrpura que pasa por la gama de todos los tonos, y el rojo vivísimo, compiten en armoniosa belleza con el azul celeste u obscuro. Las nulípulas sonrosadas y doradas, o teñidas de color del aterciopelado melocotón, asoman entre vegetales ajados, cubiertos a su vez y graciosamente engalanados con las nacaradas perlas de las retíporas que corren al rededor de ellas como flecos de marfil caprichosamente arrollados. Cerca de la ola que las mece blandamente, las górgonas agitan sus abanicos de color amarillo y lila, mas artísticamente labradas que afeligranada joya. La arena del fondo se ve sembrada de erizos y de estrellas de mar de formas raras y abigarrados matices. Las flustras, parecidas a hojas, y las escoras, semejantes a líquenes o musgos, se aferran como ellos a las ramas de coral, mientras que las patelas o lapas, estriadas de amarillo y de púrpura se adhieren también a las mismas ramas, cual grandes cochinillas. Semejantes a gigantescas flores de cactos, y brillando con los mas esplendentes colores, las anémonas marinas adornan orgullosas las anfractuosidades de las rocas, con sus coronas de tentáculos, o mas modestas, se extienden por el fondo esmaltándolo con una alfombra de pintados remínculos.

Y al rededor de los matorrales de coral, juguetean los colibries del océano, brillantes pececillos que, obstentando los cambiantes de un encarnado o azul metálico, o un verde dorado, o el reflejo plateado mas deslumbrador, contribuyen a amenizar aquellas no exploradas regiones."

En presencia de esta pasmosa variedad que nos ofreceen todas las faces el brillante espectáculo de la vida, necesario es comprender que solo un poder absoluto, grandioso, inconcebible e infinito, puede ser la causa de tantas maravillas, y de sus misterios incomprensibles.


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