Friday, January 07, 2005

Mi fé

Para sentar lo que pienso acerca de esta materia, me separo por completo de toda idea religiosa, que surja de la revelación, o de la invención, y entraré a considerar cuanto concierne al medio físico, moral e intelectual del ser, y de las cosas, según el papel que representan en la escena del mundo, para sentar así una fé sólida que responda a las aspiraciones de los presentes tiempos, y a los dictados de nuestra conciencia.

Creo que el universo está constituído por tres elementos:
Primero: la materia que constituye el universo visible, acá en lo bajo, o sease en los tres reinos, mineral, vegetal y animal. Allá en lo alto el mecanismo del mundo sideral, donde gravitan soles, planetas, cometas, asteroides, fluido cósmico universal, generador de esos mundos.
Segundo: el elemento moral, o sease, la fuerza que nos inclina a producir el bien, refrenando los impulsos del instinto material, encausándolos convenientemente por el sendero de la razón, la bondad y la justicia.
Tercero: el elemento intelectual que preside todos los fenómenos de nuestra entidad espiritual, colocando sobre la frente del hombre la gloriosa diadema de la inmortalidad.

Pues bien, siguiendo la fórmula conocida, de lo menos a lo mas, encuentro en el elemento material el proceso de la imperceptible molécula, al ser organizada, o sease a cada uno de los eslabones de la inmensa cadena de la vida. El elemento materia es solo uno, pero diversificado hasto lo infinito.

Eterno encadenamiento que sin solución de continuidad, se eleva, por virtud de esa ley, ya dicha, de lo menos a lo mas, al último término, de lo absoluto e inmanente, en donde se condensa todo el poder de las fuerzas que producen las formaciones del mundo físico.

Pasando a considerar lo que toca al elemento moral, encuentro razones idénticas de correlación entre todos los seres, hasta lo absoluto, allí, donde como término de todo, hemos de hallar el prototipo de la bondad Suprema.

Bajo el aspecto intelectual, nada tengo que añadir, a las precedentes conclusiones, porque igual ley de progresión existe, desde el infusorio que se agita en la gota de agua, hasta la Sabiduría absoluta, el Dios que rige el universo, en todas sus gloriosas manifestaciones.

De lo dicho ha de inferirse por la fuerza del razonamiento; por la lógica, que, si hemos de tomar como fundamento de todos los fenómenos que se operan a nuestra vista, y fuera de su alcance, la ley del progreso, tenemos que admitir, como término de todo, la grandeza absoluta en lo materia, la bondad absoluta en lo moral, y la sabiduría absoluta en lo intelectual.

La ley del progreso es de tanta certeza como las matemáticas; y si es en verdad que no podemos determinar la existencia de Dios, como resolvemos sencillamente una ecuación algebráica, es esto debido a nuestro atraso intelectual en esta importante materia. Creo que niuestra parte material esta unida por vínculos de la mas perfecta solidaridad con todo lo que existe en el hermoso panorama que se desarrolla a nuestra vista.

Que nuestra entidad moral no está por ventura obrando aisladamente en el concierto de las cosas, sino que también tiene sus leyes encaminadas a los elevados fines de su existencia; y finalmente que por nuestra intelectualidad nos elevamos desde las bajas regiones del instinto a las mas altas esferas del pensamiento.

Que así como del mundo material, el poder misterioso de la vida, llámese instinto, o como se quiera, aporta a nuestra organización los elementos necesarios a nuestra existencia, un poder también misterioso toma del elemento intelectual que reina en el universo, lo que constituye nuestra esencia, nuestro espíritu, estando la parte moral de la personalidad humana, subordinada a nuestro libre albedrío, que es una condición de nuestra naturaleza espiritual.

Sin descender al concepto del panteísmo, creo que somos parte integrante de esta rica naturaleza. Somos un pequeño mundo consciente de su existencia, pero no el átomo perdido en la inmensidad. Tenemos el poder de la inteligencia, el libre albedrío, una personalidad definida y libre, y no vamos impelidos como el leño que arrastra el torrente o por la pendiente de una fatalidad imaginaria, sino que, no obstante nuestra dependencia a las causas superiores, somo árbitros y soberanos dentro del círculo concéntrico en que giramos, con relación a las evoluciones del cosmos, conservando nuestra individualidad después de la muerte.

Obedecemos como obedecen los astros en el firmamento, al oculto poder de una fuerza soberana. Todo procede de Dios como fuente de toda fecundidad y vida, y todo converge hacia Dios en ese cúmulo de evoluciones infinitas.

Creo que todo nace y muere en todas las regiones del universo. Así como vive el insecto alado, el pajarillo en los bosques, el pez en las aguas, así viven en su ambiente los astros. Los seres organizados vivimos a expensas de nuestra alimentación y nuestra atmósfera; los astros tienen el éter para sostener su vida.

Todo muere de igual suerte: muere la azucena, el lirio de los campos, la humilde hiervesilla que pisotea el labrador en sus trabajos, la gigantesca ceiba secular: pero necesario es comprender que muere también todo lo que forma la hermosa perspectiva de esa bóveda estrellada, porque los seres como los astros, los pequeños como los grandes, obedecen a igual ley, llegado el término fatal de su destino.

He de confesar palmariamente que soy espiritista, y que por lo tanto, en todo lo que concierne a nuestra entidad espiritual, no tengo mas fé, que la que se desprende de la sabia doctrina de Allan Kardec.

Todo es incierto en materia de religión. Esta, sea cual fuere, es invención de los hombres, y tuvo sus épocas; y de aquí que sus dogmas y sus prácticas absurdas, sean incompatibles con la civilización moderna. La lógica nos enseña que podemos acercarnos a Dios por la concentración del pensamiento humano; por la ciencia astronómica que persigue al cometa en sus vuelos atrevidos al través de los espacios, por las matemáticas; por la geometría como ciencia de la extensión; mas no por la eficacia de las fórmulas litúrgicas.

La religión católica nos habla del alma, pero no dá la razón de su existencia. El espiritismo nos habla del espíritu, y nos explica científicamente su existencia real. El perispíritu es la envoltura del espíritu, y está reconocido por la ciencia, según los luminosos trabajos del Instituto Internacional de Ciencias de Parpis y de otras asociaciones científicas. Así pues, la parte religiosa del espiritismo descansa en bases sólidas y duraderas; por lo que puede mirar de frente a la ciencia en todas las etapas de la vida.

A propósito de cuanto aquí se expresa, trasladaremos íntegra en este lugar una hoja suelta que redacté en 3 de mayo de 1904, para el Comité Espiritista de Yauco, dirigida al Padre Vega, Misionero Católico, en su paso por esta ciudad, contestando a sus desacertados ataques, dirigidos desde la Cátedra Evangélica, a los Espiritistas. De este documento se reprodujeron cinco mil ejemplares en la Ciudad de Mayaguez.

Dice así la citada hoja suelta:
"El Comité Espiritista de Yauco, al Honorable Padre Vega, Misionero Católico,

Los Espiritistas de Yauco os envían por medio de la presente hoja el mas afectuoso saludo, y a la vez las gracias mas expresivas, por las alusiones de que han sido objeto, desde la encumbrada cátedra evangélica.

Un deber de cortesía nos induce a lo primero; y a lo segundo, poderosos motivos de interés para nuestra colectividad, a quien proporcionais la ocasión de una buena propaganda, y mayor suma de fervientes adeptos.

Venimos a hablaros exteriorizando nuestro espíritu, es decir en esa ingenuidad formada al calor de los sanos principios que forman nuestra fé. No tenemos prevenciones ni odios para los que han tratado de herirnos con sus emponzoñados dardos.

Nuestra investidura es el blanco Condal de la Verdad, y ella ante Dios y la conciencia humana es invulnerable.

Decíais, entre otras cosas, en vuestra plática de la noche del 28, lo siguiente:

"El alma humana debe ascender por el mérito de sus obras, a la precencia de
Dios; no a vagar por los espacios, como dice el visionario Allan Kardec."
Precisad, pues, si puede existir algo en el concierto universal de las cosas creadas fuera de la presencia de Dios. Determinad, Señor Teólogo, si puede existir un solo átomo en el cosmos, que se escape a la mirada de ese Dios, a la vez inmanente y trascendente, causa y fin de todas las actividades, sin incurrir en graves inconsecuencias de los principios que sustentais.

Pues si la personalidad, o mejor dicho, la entidad divina, no puede estar circunscrita a los estrechos moldes de la personalidad humana, sino que, por su acción trascendente, satura, por decirlo así todas las cosas, desde la imperceptible molécula que oscila en el rayo de sol, hasta la inmensa mole que gravita en el vasto firmamento. ¿Estarán, pues, por ventura, lejos de la presencia de Dios los espíritus en el espacio?

En otra hoja suelta que por iguales motivos que la presente, dirigimos en días pasados al Párroco de este pueblo, Señor Pasalaqua, decíamos:


"Hubiera sido tarea mas fructífera y de mas adeptos para los intereses de la fé Católica, que el Sacerdote hubiese encaminado sus tiros en esa hoja contra las inmoralidades públicas, o contra el materialismo. Contra las primeras, porque como Ministro de una religión, debe estar, ante todo, por la pureza de las costumbres que ennoblecen la humana condición; contra el materialismo, porque ha sido, es y será la primera fuerza que se ha puesto siempre en acción para combatir los principios de la fé, con la negación de la existencia de Dios."

Otro tanto aconsejamos a vos. Menos hiel y mas dulzura en la expresión del concepto, requiere la santidad de esa fé evangélica que intentais levantar de las yertas cenizas del escepticismo, lógica derivación del monstruoso laberinto de vuestros intrincados errores, que como luces fatuas brillaron en el caos de otros tiempos, para desvanecerse a los hermosos resplandores del vivificante sol de la civilización.

Según nuestra psicología, los espíritus después de la muerte van al espacio, lugar cierto y determinado. Segúl la psicología vuestra las almas, separadas de sus cuerpos van al cielo, al purgatorio o al infierno, lugares imaginarios, de los que jamás se ha dado razón científica, como pura invención humana, concebida para arrastrar las conciencias, ya por el aliciente de una felicidad ficticia, o por el terror del mas horrendo de los castigos, ¡El fuego eterno!

Vosotros teneis el dogma del infierno, por virtud del cual, queda el humano espíritu, privado, pese a su buena voluntad, de toda posible rehabilitación. Semejante creación Satánica, opuesta a la ley del progreso espiritual, y que solo ha podido ser sugerida por la demencia de cerebros desequilibrados, no tiene explicación posible, como obra imaginaria, impuesta con el susodicho fin de arrastrar las almas por el terror, y no por el racional convencimiento, y está desprovista asimismo de todo fundamento filosófico, siendo inconciliable, por lo tanto, con la ciencia, con vuestros principios mismos, supuesto que solo la materia organizada es la que está sujeta a los torcedores del tormento físico de que haceis, sobre ese centro de expiación, reseñas tan horrendas y terribles, que no pueden ser admitidas, ni aun como forma retórica, toda vez que, según opinais, las almas desencarnadas carecen de sensibilidad.

Nuestras teorías, por el contrario dejan al humano espíritu en la senda de su mejoramiento que le está predestinado por los altos designios de Dios. Colocado en el concierto de la vida, dotado del libre albedrío, es directamente responsable de sus acciones.

El hombre, pues, no es despojado de ese atributo esencial que caracteriza su grandeza en la tierra. Desde que surgió del seno de Dios, entregado en manos de su propia libertad, elabora su suerte futura, y antes de ser condenado, como decís, por toda una eternidad, día tras día, ese Dios de bondad infinita, le abre extensos horizontes a su rehabilitación, dándole como medio eficaz la ley de la reencarnación para ascender a las luminosas regiones de la inmortalidad.

Si Dios lo sabe todo, si todo lo prevé, si está en el presente, en el pasado y en el futuro, porque es lo absoluto en todas las formas de su infinita grandeza, ¿No es una inconsecuencia filosófica la invención del infierno? ¿Pudo Dios crear las almas para predestinarlas al eterno suplicio? De aquí, de este cúmulo de inconsecuencias (desviaciones del buen sentido) y que no encajan en los presentes tiempos de luz, os habeis hecho el vacío. Los templos van quedando desiertos, y de ello sois vosotros los únicos responsables ante Dios, y ante la conciencia universal.

El espiritismo no arrastra prosélitos por el terror; forma adeptos por el convencimiento racional que es el único resorte del espíritu. Si esos adeptos van desertando de vuestros templos, y afianzando nuestra fé, protestad, si os atreveis, contra esa ley de afinidad moral, que tiende a la solidaridad universal, en cuyas redes benditas, vendreis también a envolveros, cuando suene, para vuestra ventura, la hora de vuestra redención.

Los espíritus no pueden, en ningún momento histórico de su eterna vida, permanecer inactivos, enclavados allí en la presencia de Dios, que consideramos harto menguada, atribuyéndole la localización de ser finito. Los espíritus, desprendimientos, digámoslo así, de esa esencia divina que inunda los orbes de radiantes y eternas claridades, tienen que seguir el luminoso derrotero del infinito, en alas del progreso indefinido, como que en su naturaleza interna llevan el germen de su causa que los impulsa al cumplimiento de sus altos destinos.

Su misión es, según el grado de adelanto adquirido, en sus constantes evoluciones intelectuales y morales, consagrar a los fines determinados por las leyes que rigen el universo físico y moral. Así, pues, de igual modo, y según la elevación de sus facultades intelectuales, concurren los espíritus a las constantes metamórfosis de la creación, ya formando nebulosas o mundos, ya dando la sabida dirección a las fuerzas siderales que sostienen el equilibrio del universo; como por su elevada jerarquía moral contribuyen así mismo a derramar los gérmenes del bien en los diferentes mundos, para la regeneración de la familia humana. Esta fué la misión de Jesús.

Hay diferentes jerarquías de espíritus, que son los servidores de Dios. En esto tenemos con vosotros algún punto de contacto: vosotros teneis a los Arcángeles, Angeles y Serafines, que llamais potestades, con solo la diferencia de que los teneis entregados a la ociosidad.

Según vuestra teología, no existe mas familia que la humanidad terrestre. Nuestra fé, por el contrario, está en perfecta concordancia con la ciencia del universo: la astronompia, cuyas deducciones y cálculos científicos, disipan toda duda acerca de la habitabilidad de los astros. Según vuestras teorías, la creación cesó después de aquellos días históricos, (o sean épocas)podeis valeros de cuantos recursos os sugiera vuestro talento.

Según nuestra fé, la creación es interminable, mientras perduren los principios de vida y muerte: Así como nace, vive y muere la pálida azucena de los valles, el blanco lirio y la encarnada rosa de nuestros jardines, nacen, viven y mueren los astros, sembrados por las eternas leyes de la vida en los abismos siderales.

Vosotros teneis los milagros injustificados; nosotros damos la razón de estos fenómenos. La resurrección de Jesucristo no la habeis podido explicar después de miles de años, sino por el milagro; nosotros la explicamos por la ciencia. Jesucristo se hizo visible y tangible despues de su muerte, porque poseía, como todo ser humano, ese segundo cuerpo etereo, causa del fenómeno, llamado por nosotros "perispíritu", revelado por el espiritismo en primer término, y confirmado recientementea merced de las nuevas luces lanzadas del campo de las investigaciones científicas. (Véase los trabajos del Instituto Internacional de París, y de otras asociaciones científicas, compuestas de las figuras mas prominentes del mundo de la ciencia.)

Ya veis, pues la distancia que nos separa, cuando debieramos estar ligados por los vínculos de la solidaridad. Como en la plática de la noche del día primero de los corrientes, dijisteis que deseabais que un número de personas caracterizadas concurrieran a prestar oido a vuestros discursos, como representantes que somos de una colectividad respetable, hubimos de responder cortesmente a vuestra invitación, no obstante saber que oficiosa y sistemáticamente combatiais el credo espiritista.

En efecto, a la voz de "Se presentó el buey" que así suele decir el vulgo cuando se trata de alguna personalidad sobresaliente, aparesísteis, y con voz estentorea, y con vuestras facultades mentales, al parecer desniveladas, acaso por el efecto que produjera en vuestro ánimo una hoja dirigida por varios espiritistas, la emprendísteis contra el venerable propagador de nuestra doctrica, Allan Kardec, llamándole explotador, único recurso de vuestra original elocuencia, a falta de argumentos sustanciales para combatir victoriosamente nuestro credo.

Aqui viene perfectamente una quintilla, cuyo autor, por los momentos, no recordamos, que dice:
"Cobardes son y traidores,
ciertos críticos que esperan
para impugnar, a que mueran
los infelices autores,
porque vivos respondieran."

Pero es el caso, Honorable Señor, que os habeis dado un solemne chasco; aún está entre nosotros el espíritu de Allan Kardec; las ideas sobreviven y os hablan por mediación nuestra para su justificación y vuestra mengua. ¡Vos hablais de explotación! ¡Callad, por Dios, no digais esas cosas!.... No nos hagais hablar claro, pues descenderíamos a un terreno vedado por el honor y por los principios que sustentamos.

Los insultos, como punto menguado de bastardas pasiones, y no como el claro y luminoso destello de la razón, colocan a muy baja esfera los prestigios de la oratoria sagrada, conviertiendo a la vez la cátedra evangélica, que debierais mirar con la veneración y respeto que os imponen vuestros deberes sacerdotales, en un lugar de insultos e imposturas, infundadas y absurdas, lo cual es incompatible con vuestra misión.

Digisteis que los fenómenos del espiritismo eran ciertos, pero que eran producidos por el espíritu de Satanás. Este recurso, Señor Padre Vega, es harto gastado y ridículo en los presentes tiempos, para merecer siquiera ser honrado con la atención de la gente sensata.

Luego provocasteis la hilaridad del auditorio, no de los fieles, porque no los hay, mostrando vuestro abdomen a la expectación pública, (lo cual fue una forma de muy mal gusto) para significar que el hombre no debe vivir de la panza solamente, como gráficamente lo expresábais, y con aire apayasado, remedabais la forma de las evocaciones, de un modo tal, que sucedióse en el templo, una de risas, que jamás habíamos visto en los anales de nuestra historia religiosa, quedando por lo tanto aquel recinto, transformado a la manera de esos groseros espectáculos destinados al pasatiempo del populacho.

Predicad, pues, la moral, y os encontrareis por este camino de resultados fecundos; pero desposeeos de esas invectivas y errores que intentais sostener, a todo trance, en el seno de los pueblos, y Dios os ayudará, como os pedirá en caso contrario, muy estrecha cuenta de vuestras prevaricaciones.

Para exteriorizar con mayor acopio de argumentos la suprema idea de Dios, dejemos por un momento la palabra al autor de "Dios en la Naturaleza".
"La correlación de las fuerzas físicas nos ha manifestado la unidad de Dios bajo todas las formas pasajeras del movimiento; por la síntesis, el espíritu se eleva a la noción de una ley única; de una ley y de una fuerza universales, que no son sino la acción del pensamiento divino. Luz, calor, electricidad, magnetismo, atracción, afinidad, vida vegetal, instinto, inteligencia, toman su origen en Dios.

El sentimiento de lo bello, la estética de las ciencias, la armonía matemática, la geometría iluminan estas fuerzas múltiples con una atractiva claridad, y las revisten con el perfume de lo ideal. Bajo cualquier aspecto que el espíritu meditativo observe la naturaleza, encuentra un camino que va a parar a Dios, fuerza viviente, cuyas palpitaciones se creen sentir, bajo todas las formas de la obra universal, desde el estremecimiento de la sensitiva, hasta el canto cadencioso de la alondra matutina. Todo es número, armonía, revelación de
una causa inteliente, obrando universal y eternamente.

Apartados de las gitaciones de la sociedad humana, en el recogimiento de las profundas soledades, es donde únicamente le es permitido al alma, contemplar de frente la gloria de lo invisible, manifestado por lo visible. en esta entrevista de la presencia de Dios sobre la tierra, es donde se eleva el alma a la noción de lo verdadero.

El lejano ruido del océano, el paisaje solitario, las aguas que sonrien silenciosamente, las selvas que suspiran en congojosos sueños, las orgullosas y vigilantes montañas, que todo lo miran desde arriba, son manifestaciones sensibles de la fuerza que vela en el fondo de las cosas. Yo me he entregado a veces a vuestras dulces contemplaciones, ¡oh vivientes esplendores de la naturaleza! y siempre he sentido que una poesía inefable os cubría con sus caricias.

Cuando mi alma se dejaba seducir por la magia de vuestra belleza, oia acordes desconocidos escaparse de vuestro concierto. ¡Sombras de la noche que flotais en las vertientes de las montañas, perfumes que descendeis de los bosques, flores inclinadas que cerrais vuestros labios, sordos ruidos del océano cuya voz no se extingue jamás, calma profunda de las noches estrelladas! Vosotros me habeis hablado de Dios con una locución con una locución mas íntima y mas irresistible que los libros de los hombres. ¡Coloraciones espléndidas de los crepúsculos! ¡Arrobamiento de las íntimas claridades! ¡Recojimientos de las alamedas solitarias, vosotras guardais para los que os aman, deliciosos instantes de embriaguez! ¡Abrese la azucena y bebe extasiada la luz descendida de los cielos! En estas horas de contemplaciones, conviértese el alma en una flor que aspira con avidez la radiación celeste. Ya no es la atmósfera solamente una mezcla de gases; ya no son las plantas solamente agregaciones de átomos de carbono o de hidrógeno; los perfumes no son ya solamente moléculas impalpables que se esparcen por la noche para preservar las flores del frio; la brisa embalsamada, ya no es solo una corriente de aire; las nubes no son ya solamente vesícukas de vapor acuoso, ni la naturaleza es ya solamente un laboratorio de química, o un gabinete de física: siéntese una ley soberana de armonía, de orden, de belleza que gobierna la marcha simultánea de todas las cosas, que rodea hasta los seres mas pequeños de una vigilancia instintiva que guarda precisamente el tesoro de su vida en toda su riqueza que por su eterno rejuvenecimiento desplega con un poder inmutable la fecundidad creada.

En esta naturaleza toda, hay una especie de belleza universal que se respira, y que el alma se identifica, como si esta belleza enteramente ideal perteneciese únicamente al dominio de la inteligencia. ¡Lucero precursor de la noche! ¡Carro del Septentrión! ¡Magníficas consteladas! ¡Perspectivas misteriosas del insondable abismo!¿Cual es la vista instruida que podría miraros con indiferencia? Se han perdido en vuestros desiertos, ¡oh, soledades del espacio! ¡Cuantos pensamientos angustiados han viajado de una a otra isla de vuestro resplandeciente archipiélago!

Y en las horas de ausencia y actitudes melancólicas, ¡cuántos párpados humedecidos se han posado sobre unos ojos fijos en una estrella preferida!

Empero la fuerza viviente de la naturaleza, es vida mental que reside en ella, esa organización del destino de los seres, esa sabiduría, y esa omnipotencia en el sostén de la creación, esa comunión íntima de un espíritu universal entre todos los seres, ¿Qué otra cosa es sinó la revelación de la existencia de Dios? ¿Qué es sinó la manifestación del pensamiento creador, eterno e inmenso? ¿Qué es la facultad electiva de las plantas, el instinto inexplicable de los animales, el genio del hombre? ¿Qué es el gobierno de la vida terrestre, su dirección al rededor del foco de su luz y su calor, las revoluciones celestes de los soles en el espacio, el movimiento universal de los mundos innumerables que gravitan en el infinito, sino la demostración viviente e imperiosa de la voluntad inaccesible que tiene al mundo entero en su poder y todas nuestras oscuridades en su luz? ¿Qué es el aspecto espiritual de la naturaleza sinó la pálida irradiación de la belleza eterna?

Esplendor desconocido que vuestros ojos desviados por las falsas claridades de la tierra, apenas pueden entrever, en las horas santas y benditas en que el Ser divino nos permite sentir su presencia."

Terminada la precedente cita, que consideramos de oro en el presente capítulo, continuamos nuestro trabajo acerca del punto mas trascendental en lo que toca al principio filosófico y religioso, en la esfera de la existencia humana.

Muchos excépticos dicen en sus argumentaciones, para cotronestar sus dudas acerca de la existencia de Dios:
¿Donde pues se revela esa ley de justicia para con los hombres, si lo que vemos es la falta de equidad, la desproporción en todo, pues mientras que unos tienen lo necesario y otros lo superfluo; mientras que estos amontonan millones, siendo ladrones y libertinos, viciosos y egoístas, hay la mayor parte de la humanidad, honrada, laboriosa y llena de virtudes, que carecen de lo mas necesario, y mueren de inanición y de hambre. ¿Donde pues, está esa ley moral en la ley de equidad y justicia corroborativa de los altos atributos de la bondad suprema? ¿Por qué abundan los inconvenientes y los escollos que obstaculizan todo progreso en loa marcha de los pueblos, y en el concierto de las sociedades? ¿Por qué esa inteligencia soberana no ha dotado a la humanidad de todo aquello que necesita para ser feliz? ¿Por qué ha dado al hombre el instinto del mal, como a los animales, que le obstaculiza, para levantar victorioso el estandarte de sus gloriosos triunfos? ¿Por qué ha permitido ese gran Dios, la guerra, el robo, el asesinato, y la multitud de crímenes que se han sucedido desde ña aurora de la vida hasta nuestros días? ¿Donde está, por ventura, el celo de esa bondad infinita, si el hombre fracasa de ordinario en sus nobles empeños, perdiendo sus plantaciones por falta de agua, o por los rigores de un sol candente? ¿Donde está la previsión de esa suprema sabiduría, si como único remedio para sostener el equilibrio del mundo físico, se nos mandan las tempestades, los terremotos, las inundaciones, los volcanes y demás cataclismos que diezman los pueblos?

Esto y mucho mas dicen los eternos impugnadores de la idea de Dios, mas a estas objeciones podemos oponer razones de irrebatible lógica:

Con respecto a la desigualdad de riquezas, es materia que depende de la desigualdad de actitudes y caracteres. Como los hombres no han alcanzado todos iguales facultades, progresa mas aquel que ha hecho mayores adelantos en la materia a que se ha consagrado, si a la vez le favorece el carácter, y esto pasa igual en tdos los ramos de la industria humana.

El hombre ha nacido a la vida sin noción de nada, con cierta intuición, y con los elementos necesarios para desarrollar su inteligencia y su condición moral. Dotado de libre albedrío, es árbitro de sus actos, y si en ese pleno estado de libertad moral se ha equivocado en las evoluciones de su vida, y en vez del buen suceso ha encontrado el fracaso, en ninguna de estas consecuencias debe imputarse la menor responsabilidad al autor del universo.

En los hombres y en los pueblos, pues, el progreso es ley arbitraria, porque depende de nosotros mismos, y no hay otro elemento evolutivo que el espíritu humano; mas no así en la naturaleza, cuyas leyes no están sujetas a las constantes oscilaciones de la voluntad humana, sino que por el contrario son inevitables, inexorablemente fatales, y así han de existir perpetuamente.

Por manera que las desventuras humanas dependen de nosotros mismos, ya por nuestra ignorancia como por nuestro carácter. Dios no puede inmiscuirse en los asuntos que se relacionan con la inviolable libertad del hombre, y con la suerte de los pueblos, movidos por igual resorte, pues de no ser así el humano espíritu no tendría el mérito de sus obras, ni las imperecederas glorias de sus conquistas.

Es evidente que tratándose de asuntos materiales, como son los que se refieren a las riquezas, Dios no se mete, en si son bien o mal adquiridas. La ley del número rige las evoluciones del mundo físico, y el cúmulo de las riquezas debe guardar perfecta proporción con los medios empleados para producirla.

Nada hay que pueda variar el curso natural de las cosas, al presente, mientras en intelecto del hombre se halle en el estado embrionario. El rayo desprendido de la nube, jamás se desvía de su dirección natural, y la oración, así como los esfuerzos de nuestras energías mentales, son ineficaces para hacer variar el proceso regular de los acontecimientos de la naturaleza; y por mas que sea un hecho comprobado por la observación científica la influencia del mundo espiritual que flota, como la dorada nube sobre nuestras cabezas, y sea este un contingente poderoso, sus determinaciones tienen que ajustarse a las fuerzas y leyes coeficientes, sujetas al plan general de la naturaleza.

Asi pues, el curso de los astros por sus órbitas, el movimiento de rotación del globo, la velocidad de la luz, la atracción y demás fenómenos estelares y terrestres, en lo grande y en lo pequeño, se verificarán inexorablemente en todos los tiempos con regularidad matemática. De ciertos hechos, empero, se derivan consecuencias del orden moral, para estas consecuencias existen sus leyes imprescriptibles en la naturaleza que, sin ser el infierno y el purgatorio, fantasmas que aún trastornan la mente de los insensatos, son el crisol por el cual ha de pasar el humano espíritu para su regeneración.

Por lo que respecta a los escollos e inconvenientes de la vida, ellos impulsan al hombe hacia el progreso, supuesto que donde no hay lucha, no pueden desarrollarse las energías espirituales. De los grandes esfuerzos resultan los grandes éxitos, en todas las esferas de la existencia. Dios no ha podido dotar al mundo de todos los progresos que necesita, en el orden intelectual, para ser feliz, porque esto es obra del genio.

Los grandes descubrimientos en las ciencias y en las artes, ya sea en la física, en la química, en la botánica, en la astronomía, en el derecho, en la arquitectura, en las matemáticas, en la navegación terrestre y aerostática, en el telégrafo, en el fonógrafo, en las grandiosidades de la electricidad y del vapor, son otras tantas conquistas que, como laureles inmortales, resplandecen en la corona de la humanidad.

Dios no le ha dado al hombre el instinto del mal, no lo ha creado bueno ni malo. Como la página en blanco lanzólo a los vientos de la vida para que grabara sus impresiones, ya con los resplandores de la inmaculada virtud, ya con las sombras del crimen. Sencillo e ignorante, en principio, surgió de su seno fecundo y glorioso, y en brazos de su libre albedrío, como ya hemos dicho, elabora su suerte futura.

El imperio del mal depende de la ausencia del bien, y la ausencia del bien es consecuencia inevitable de las desviaciones del espíritu que en virtud de su facultad electiva, cede mas a los atractivos del vicio, a las sugestiones de la pasión, que al imperio de la virtud, apegándose mas, por lo tanto, a lo ficticio, que a su felicidad real. Esta es pues, la lucha formidable, sin la cual, no se concibe el progreso en los hombres y en los pueblos.

Dios no ha permitido, la guerra, ni los demás crímenes que aflijen la vida humana; y ya hemos dicho y lo repetimos, que el progreso en los hombres y en los pueblos es ley arbitraria, y se verifica en virtud de nuestros propios esfuerzos. La guerra, el asesinato y los demás crímenes, terminarán cuando el hombre quiera, porque el progreso moral sea un hecho; cuando el ideal humano lleve impreso el sello del honor y la justicia; cuando el inculto sentimiento del egoísmo, decline su cetro ante las exigencias de la equidad, y el nivel que es el símbolo de la justicia sea la norma del verdadero ideal; cuando la desaparición de las fronteras sea un signo evidente de la paz universal en el concierto de las naciones, y la solidaridad de afectos e intereses, sin los antagonismos de razas y nacionalidades, perdure en todas las regiones de nuestro mundo.

Si el hombre agota sus energías inutilmente en el trabajo, y pierde sus cosechas por la falta de agua, o por los rigores de un sol candente, en la generalidad de los casos depende de lo poco instruído que está en botánica y en meteorología, de lo cual resulta que siembra fuera de oportunidad, y sin la adopción de los métodos científicos establecidos.

En cuanto a la escasez de las aguas, no está el hombre exento de culpabilidades. Dios ha dado al hombre exhuberantes bosques y soberbias montañas para la fecundidad de sus tierras, y el hombre los ha hecho desaparecer por la destrucción abusiva. Las tempestades y las inundaciones, los terremotos, los volcanes y demás cataclismos, se verifican en virtud de leyes físicas, y siempre llevan motivos imperiosos de necesidad para consolidar la normalidad del mundo. Ahora bien, como hemos dicho en el párrafo precedente, la humanidad debe instruirse, y así le serán mas llevaderos estos accidentes generales de la naturaleza que tienden siempre a un bien común, y tendrá en lo futuro la previsión de prepararse contra ellos, y lejos estará entonces de sembrar en malos tiempos y de instalar sus viviendas en terrenos volcánicos.

Si Dios ha debido organizar el mundo sin la necesidad de estos cataclismos geológicos, y de estos desórdenes atmosféricos, como pretenden los ateos, es este un problema para cuya solución no bastan nuestras fuerzas mentales. Ahora bien, frente a esas protestas del escepticismo, que pertenecen al dominio del mundo moral, y que hemos refutado victoriosamente, opondremos, no obstante, otras del orden intelectual, que consideramos de irrebatible lógica.

Tenemos las fórmulas matemáticas que rigen y gobiernan los mundos, explicadas por la mecánica celeste. Tenemos la luz, y preguntamos ¿en que laboratorio se ha podido formar esa maravilla grandiosa de la naturaleza? Si habeis tenido alguna vez la curiosidad de fijar vuestra atención en el germinar de las plantas, yo os pregunto ¿por qué existe ese gran misterio en la vida vegetativa, qué clase de inteligencia tienen las plantas que impulsan sus tienas y delicadas raices para buscar su alimentación, aunque para ello tengan que salvar los obstáculos que les opone la insensible y dura roca?

¿Quién ha dado a las plantas y a las flores ese maravilloso instinto, en virtud del cual, se apropian en su medio ambiente de los elementos que necesitan para la conservación de su existencia? ¿Quién ha establecido esa grandiosa solidaridad universal entre todas las cosas existentes, ya en la vida de los seres vegetales y animales, desde el siquen hasta la corpulenta encina, y desde el zoofito hasta el hombre; ya en la vida de los astros, desde este pequeño globo, hasta las mas apartadas regiones explendorosas en donde giran las estrellas dobles y triples, como la rutilante Sirio, en el inagotable seno del infinito?

¿Quién ha podido infundir a la inerte materia el poder de organizarse, para construir esa cadena que constituye el conjunto de los seres vivientes, formadas de géneros, especies y familias, según clasificación de los sabios? ¿Quién ha impelido a la naturaleza a ese progreso incesante que, sin solución de continuidad, camina con tendencias inequívocas a la perfección en sus formas infinitas?

¿No revelan estas bellezas un plan grnadioso, que no debe en manera alguna atribuirse al acaso? Oigamos, pues, lo que a este respecto dice Flammarion.

"Supongamos un instante que la fuerza orgánica que se trasmite hoy de generación en generación, haya aparecido como resultante natural e inevitable de las condiciones fecundas en que se encontraba la tierra cuando sonó la era de la vida. Supongamos que las primeras células orgánicas, diversamente constituídas, formando tipos primordiales, distintos, aunque sencillos, pobres y groseros, sean el tronco de las variedades sucesivas; supongamos, en fin, que todas las especies vegetales y animales, comprendido el género humano, sean el resultado de las transformaciones lentas verificadas bajo las condiciones progresivas del globo. ¿En qué destruye esta teoría la necesidad de un Creador primitivo y de un Organizador?"

¿Quién ha dado las leyes al universo? ¿Quién ha organizado esa fecundidad? ¿Quién ha impreso a la naturaleza una marcada tendencia al progreso? ¿Quién ha dado a los elementos de la materia el poder de producir o de recibir la vida? ¿Quién ha concebido la arquitectura de esos cuerpos animados, de esos edificios maravillosos, cuyos órganos, todos tienden a un mismo fin? ¿Quién ha presidido a la conservación de los individuos y de las especies, por la construcción inimitable de los tejidos de los armazones, de los mecanismos, por el don previsor del instinto, por todas las facultades de que están dotadas respectivamente los seres vivientes, cada uno según el papel que debe ejecutar en la escena del mundo.

En una palabra: si la fuerza de vida es una fuerza de igual naturaleza que las fuerzas moleculares, preguntaremos una vez mas, ¿Quién es su autor?



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